El Último Deseo
Por:
Yelinna Pulliti
Su
final fue la lógica consecuencia a un corte certero sobre sus venas y a una
firme voluntad de dejar el mundo presente.
-
Quiero carecer de cuerpo, quiero ser sólo intelecto - repetía mientras la vida
se le derramaba, roja, con cada segundo.
-
Quiero permanecer para siempre en los caminos solitarios de las montañas, allá
donde sólo reina el hielo y el silencio. Quiero contemplar atardeceres por todo
el tiempo que pueda durar esta tierra.
Entre
lágrimas, su mente volaba a los límpidos espacios de sus sueños.
-
Quiero penar para siempre entre pájaros y árboles, en campos abandonados,
recorriendo rutas gélidas, bajo el granizo y la lluvia. Quiero acompañar al
trueno y al viento feroz, quiero...
Los
segundos se le acabaron antes que pudiera terminar su testamento.
Y
ante la Muerte rogó, ardiendo en deseo, no cruzar la Frontera. Ésta le exigió
que expusiera sus razones. Temblando en su nada fantasmal, respondió:
-
No quiero ser parte de la Confabulación Universal. Dios y Satanás se
disputaron mi alma de una forma despiadada. No había más: O el Cielo o el
Infierno. Y se supone que se me ha dado Libertad de elegir. ¡Patrañas! ¿Se
puede hablar de Libertad con tan limitadas opciones? Pues yo no elijo ninguna,
no quiero estar ante ninguno de los dos, molestan mi vista y mi tranquilidad.
Exijo no partir y quedarme aquí, contemplando atardeceres.
Nunca
antes nadie había osado exigirle a la Muerte nada. Ésta podía percibir, aún
en el Más Allá, todo el odio y el dolor en los que esta alma había dejado el
mundo de los vivos. Mas el odio estaba dirigido a los Altos Poderes que
gobiernan el Universo y no a algún ser viviente en concreto.
Era
el triste resultado de una vida vivida en agonía.
Reencarnar
era sólo repetir lo pasado. Y tanto la idea del Cielo o el Infierno llenaban a
esta alma sufriente de asco. Sentía dentro de sí que sólo hallaría la paz
que anhelaba en las salvajes soledades de parajes inhóspitos y deshabitados, en
desiertos helados o alturas irrespirables.
-
Déjame aquí - suplicó a la Muerte - sólo déjame y ya no te molestaré más.
Pero
ésta no parecía querer abandonar su labor. Se mantuvo inmóvil, esperando.
-
Lo siento, no puedo ir contigo. - insistió - Te pido que me permitas ser una de
esas luces de las que tanto cuentan en los poblados alejados, que recorren los
caminos en soledad, por siempre. No le haré mal a nadie, incluso es posible que
ayude a algún viajero perdido a encontrar su rumbo. Flotaré y la tierra debajo
de mí no se enterará. Veré las cosas desde otra perspectiva pues contemplaré
un mundo que ya no es mío. Y, si lo deseas, podrás pedirme que te cuente lo
que he visto cualquier día que quieras.
La
Muerte entendió que aquella alma no la acompañaría. Durante tantos milenios,
sucedía a veces que ciertos espíritus difuntos se ocultaban, y dado que la
Muerte no daba con ellos, permanecían en la tierra material durante tiempo
indefinido, pero ninguno había osado encarársele y hacerle peticiones.
A
su manera, la Muerte sonrío, y le deseó buena suerte. Si en vida hubiera
mostrado tanto valor, las cosas habrían sido muy diferentes.
Y
le deseó suerte, pues esta alma elegía un destino incierto. Ya fuera de las
leyes que rigen al Universo, podía suceder que no percibiera las cosas como se
lo esperaba, podía ser que su conciencia se consumiera finalmente y no quedara
nada.
O
que simplemente nunca pudiera hallar la paz que tan desesperadamente buscaba.