Filósofos y Anatomistas
Por:
Yelinna Pulliti
En nuestra universidad hay dos facultades
que quedan demasiado cerca la una de la otra, más cerca de lo que muchos de
nosotros desearíamos. Esto no sería un inconveniente sino fuera por la extraña
relación que hay entre sus estudiantes y el lugar donde suelen encontrarse.
Estas facultades son la de Medicina y la de
Filosofía.
Y el lugar de encuentro es la sala de
disección.
Se los distingue a unos de los otros fácilmente.
Los filósofos tienen el semblante grave y reflexivo, pues sus mentes escarban
en lo más profundo, viendo sentido tras sentido, significados dentro de
significados, toda la sabiduría que se puede hallar en el trozo de carne reseca
que alguna vez fue un ser humano.
Nosotros los anatomistas cortamos,
desmembramos, destrozamos. Sin piedad, pudor o respeto, somos casi sacrílegos.
La carne no guarda secretos para nosotros, es una mera maquinaria que ya dejó
de funcionar. Los anatomistas no nos detenemos en razonamientos ni reflexiones
superfluas, nos limitamos a hacer nuestro trabajo, nada más. Nuestros rostros
reflejan, sino indiferencia, la profunda concentración de quien hace un
experimento carente de todo sentimiento.
Es fácil distinguir a los filósofos.
Pueden mostrar por igual repulsión, temor, fascinación o curiosidad, pero jamás
son indiferentes. Su naturaleza es extraña, más sensible que la de nosotros,
poco más que carniceros. Ellos se preocupan por el destino del espíritu,
nosotros nos preocupamos por conservar las piezas que extraemos. Nosotros sólo
vemos la materia, ellos no pueden conformarse con apenas eso.
Uno de los filósofos una vez se me acercó
y me dijo, mientras despedazaba yo un cadáver con una sierra, que me reía en
la cara de la muerte y que era incapaz de sentir nada porque jamás tuve lazos
afectivos con los cuerpos con los que trabajaba. Afirmó que recién frente al
cadáver de mi madre sería capaz de sentir algo con respeto a la muerte.
- Piensa – insistió – que llegará tu
momento de yacer sin vida.
Le respondí que se callara, que si le
permitía observar mi labor era con la condición que se guardara sus
pensamientos para sí. Y es que un anatomista no puede detenerse a pensar, a
darle valor a alguien que ha fallecido, en meditar que ése es el destino de
todo lo viviente. Si nos pusiéramos a pensar como los filósofos, simplemente
no podríamos hacer nuestro trabajo. La muerte, al igual que el nacimiento, es
un hecho natural, con saber esto me es suficiente.
- Ten más respeto – me increpó otro –
eso alguna vez fue una persona.
- Pero ya no lo es más – repliqué – no
le des tanta importancia al pasado. Ahora esto no es más que un triste trozo de
carne rancia.
A más de uno he visto llorar aquí. La
muerte también les enternece. Sienten lástima. Una vez oí a uno decir, en voz
baja:
- ¿Qué hiciste para terminar así, frío y
muerto, sobre una mesa de metal, sin cerebro, sin entrañas, sin mente? Mírate,
no eres viejo, y ya dejaste este mundo, ni con todas las plegarias del mundo se
puede hacer nada por ti. Has perdido toda esperanza.
Por dentro me reía a carcajadas. Hablarle
de esa manera a un muerto tiene tanto sentido como hacerlo con las mercancías
de una carnicería. Son objetos, viles objetos, material de estudio y análisis.
Su pena era estúpida, al igual que las razones que lo trajeron hasta aquí.
Son como niños pequeños que sienten
reverencia por lo que no entienden. A la muerte no se la entiende. Es un hecho,
una idea que se acepta y nada más. Intentar comprenderla es absurdo.
Le comenté esto a un filósofo y casi se
ofendió.
- ¿Renuncias así a buscar la sabiduría?
¿o por lo menos a querer llegar a algún conocimiento, por pequeño que sea? Te
diré lo que es la muerte y porqué es tan trágica: significa la pérdida de
algo. Y es eso lo que tenemos que intentar aprender y entender.
Tuve que admitir que no se equivocaba.
Cuando una persona muere, algo deja de estar allí, lo que la animaba se va para
siempre. Recuerdo un día en el que una filósofa, bisturí en mano, hurgaba las
entrañas de un hombre recién muerto, el cual incluso conservaba aún un poco
de calor. Casi con desesperación, ella intentaba descifrar qué era lo que la
muerte se llevaba para reducir a un hombre pensante y sensible a mero montón de
carne rancia.
Otro, una tarde, me dijo que buscaba los
despojos del alma.
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Intento captar tanto con la mente como con
el pensamiento los ciclos de vida y muerte, y la razón de que sean de esta
manera. Amas algo con locura, y de pronto ya no lo tienes. Todo en este Universo
es perecedero. Los anatomistas son ciegos por voluntad propia. No se dan cuenta
de lo que realmente tocan, los restos de una humanidad que perdió su esencia,
su identidad. Sólo la forma nos indica que eso fue una persona. Llegar a
conocer el sentido último de estos hechos es por lo que vengo aquí, a pesar de
que éste es un lugar lleno de cosas que desagradan.
Los anatomistas son indolentes, hasta
indiferentes. Son buitres de la razón y la conciencia, tratan al cuerpo humano
inanimado como si se tratase de un animal muerto. Suelen protestar diciendo que
una vez acabada la vida, entre un hombre, una mujer, un perro o una gallina, no
hay ninguna diferencia, por lo que se les puede tratar igual. A mucha gente le
indignaría esta afirmación, pero en el fondo es cierta. La Naturaleza procesa
a todo lo muerto de la misma manera, sin importar si fue planta, ave, humano o
reptil. Los anatomistas son lo más cercano al pensamiento natural más básico:
no hay diferencia entre un cadáver u otro, todo lo muerto es exactamente lo
mismo: materia corrompida, carroña.
Suelen enfadarse si les hacemos preguntas,
se niegan a toda comprensión. Hubo una anatomista, la que perdiendo la
paciencia ante mis preguntas, alzó de la mesa el brazo cercenado del cadáver a
su costado y casi gritó:
- ¿qué es esto, al final, sino comida de
gusanos? Tráeme unos cuantos perros y se lo comerán igual que a una pierna de
cerdo. De paso, haré que te coman a ti para que te calles.
Entre nosotros los filósofos, renunciar a
plantearse ciertas cuestiones es casi un pecado. Entre los anatomistas es una
virtud. No son más concientes que quien desolla un cabrito o un carnero sin
darle la más mínima importancia. ¡Y es que es tan fácil reducir una vida a
la nada!
Nosotros analizamos lo que sucede en el paso
de la vida a la muerte, y qué es lo que este hecho nos quiere comunicar. Ellos
cortan, desarman, separan. Se limitan a observar y catalogar la materia. No ven
más allá, no lo necesitan. Para ellos esto es un cerebro y nada más; si hubo
allí pensamientos, sentimientos, alma, a ellos les basta saber que ya no los
hay para seguir despedazando. A su modo de ver, la carne muerta, incluso la
humana, ya no merece ninguna consideración.
Se ríen de nosotros por sentir algo hacia
la muerte. No comprenden su inmensidad, su vacío, su poder, su omnipresencia.
La desprecian, como lo haría cualquier animal.
A pesar de eso, hay algo de admirable en quién
trata con la muerte sin sentir ninguna emoción. Hay que tener las entrañas de
piedra o acero para no sentir un ligero estremecimiento, un leve temblor.
Al morir, no quiero caer en manos de los
anatomistas. No deseo que mi cuerpo sea tratado como un mero montón de carroña.
Los seres humanos, como criaturas concientes y pensantes, merecemos algo mejor.
Mas al recordar los procesos de putrefacción, desearía saber qué puede ser.
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Locos todos ellos, buscan lo que ya no está,
intentan ver lo invisible, lo que ya no es. Mientras secciono cráneos para
sacar el cerebro, mientras abro y separo costillas para acceder a los órganos
internos, mientras despellejo brazos y piernas para poner a la vista arterias y
tendones, se me viene a la memoria todas esas locuras de filósofos, de quien
piensa demasiado y con demasiada gravedad. La mayor parte del tiempo no tengo
nada qué decirles, excepto la promesa de que cuando llegue mi hora, pues llegará
de todos modos así como la de ellos, los filósofos tienen mi permiso de rodear
mi cadáver e intentar sacar todo el conocimiento y la sabiduría que puedan de
él.
Quién sabe, tal vez sean capaces de encontrar los despojos de mi alma.